Semana Sanitaria: La industria no

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11 oct 2013 - 16:00 h
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¿Revisará el Ministerio de Hacienda las listas de médicos que reciben aportaciones de la industria, una vez que las hagan públicas Farmaindustria o los laboratorios farmacéuticos involucrados?

¿Qué compañías que forman parte de Farmaindustria pretenden seguir el código de Anefp para los productos de no prescripción?

¿Qué miembro de Farmaindustria choca frontalmente con el presidente de Anefp, Jaume Pey, en este aspecto?

¿Qué patronal envía todos los días un mail a sus asociados que se parece al Gramma, por el autobombo que se hacen sus directivos?

Es un hecho compartido que la industria farmacéutica debe pegar un viraje y eliminar la mala imagen que arrastra del pasado. Aunque en los últimos años se erradicaron prácticas poco éticas y las compañías se abrieron a la sociedad, rehuyendo el oscurantismo de los años negros, lo cierto es que todos los directivos del sector creen que aún es necesario dar un golpe de timón, cambiar más el rumbo y alejar del todo del imaginario popular una serie de acciones que ya no se producen y que son perseguidas. Sin embargo, una cosa es imprimir este cambio de rumbo y culminar la catarsis, y otra es pasarse. Digo esto al hilo del debate suscitado en torno al nuevo código ético que pretende instaurar la Efpia, que podría trasladarse a España en sus términos literales o exacerbarse hasta el extremo. El debate enconado de estos días da cuenta de la ceremonia de la confusión que impera en el sector sobre la dirección final a tomar.

Lo que parece claro es que el giro obligatorio que impone la Efpia va a cambiar la relación que ha existido en España entre la industria y los médicos. Con el nuevo código, las compañías tendrán que hacer público el concepto y la cantidad de las aportaciones cursadas a cada facultativo, salvo las realizadas para la investigación, que podrán publicitarse agrupadas. El médico, además, tendrá que firmar con carácter previo un documento autorizando a la compañía a divulgar sus datos personales, lo que conduce a la conclusión razonable de que habrá pocos que quieran figurar con nombres y apellidos como benefactores de ayudas de la industria. El vínculo entre esta y los profesionales puede atajarse y los congresos, tal y como están concebidos ahora, corren peligro de muerte.

Otro hecho al que no obliga directamente Europa, pero que es analizado por el sector son las relaciones directas con los médicos y, concretamente, su invitación a almuerzos de trabajo. Tal vez guiado por un puritanismo extremo que no se produce en otros sectores regulados o no de la economía, un grupo importante de compañías defiende que el coste del ágape no ha de sobrepasar los 50 euros. El CEO de un laboratorio catalán recuerda que “no está la industria para invitar a mariscadas a los médicos”. Otros altos directivos de empresas españolas y de importantes multinacionales defienden en cambio que la virtud está en el justo medio y que tampoco hay que pasarse. De hecho, en muchos restaurantes de toda la geografía un almuerzo nada pantagruélico supera la cantidad de la que se está hablando. Frente a la instauración en España de un código de máximos, este último grupo postula la aplicación de uno de mínimos. A mi juicio, más importante que la cantidad es la finalidad que persiga la comida. Creo que es ahí donde la industria debe poner las miras, más que en el precio final de la misma, para no caer en mojigaterías.

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